Cómo favorecer la comunicación emocional con nuestros hijos


La comunicación es a las relaciones humanas como el aire que respiramos es a vivir; es imposible no comunicarse. Siempre nos estamos comunicando.

La comunicación humana se divide en comunicación verbal y no verbal. La Verbal representa solo un 7% mientras que la No Verbal ostenta el 93 % restante. Y en ese enorme porcentaje se encuentra la comunicación emocional. Una comunicación hacia sí mismo y hacia los otros, basada en la identificación, reconocimiento y manejo eficaz de las emociones.


Si tenemos en cuenta que el contenido de la comunicación verbal suele ser consciente, mientras que el contenido de la comunicación no verbal forma parte del inconsciente, el hecho de educar en la detección, expresión y control de esta inmensa parte de nosotros mismos nos convierte en personas altamente competentes en todos los planos posibles.
¿Para qué sirve?

Desde el minuto cero estamos influyendo de forma determinante (valga la paradoja) en la personalidad de nuestros hijos. Incluso desde antes del nacimiento ya estamos enviando mensajes emocionales al niño por nacer. Después, es la comunicación emocional la que impera, puesto que aún no hay lenguaje. El bebé se maneja y comunica emociones puras que, en función de nuestra inteligencia emocional, interpretaremos de una manera positiva o no.

Educar desde la base es educar emocionalmente, es darles unas herramientas que son la llave maestra para abrir (o cerrar) las puertas que necesiten en su trayectoria vital.
A nivel más concreto, la inteligencia y la comunicación emocional sirven para prevenir multitud de enfermedades,
ya que hoy está demostrado por la ciencia que las emociones influyen en nuestro sistema inmunológico para bien o para mal (es decir, para deprimirlo o para fortalecerlo). También sabemos que aumenta de forma significativa el coeficiente intelectual y el rendimiento académico, incrementa la motivación, optimiza las relaciones con otras personas, cambia la visión del mundo, aumenta el umbral de tolerancia a la frustración, estimula la capacid de resiliencia, desarrolla la habilidad para la resolución de conflictos y para la toma de decisiones y, en definitiva, enseña a fluir.
Hoy sabemos que las emociones son la base de la curiosidad y de la atención. Por tanto, de la gestión que hagamos de ellas dependerá que se faciliten todo tipo de aprendizajes, la memoria y el conocimiento


Un niño con un alto coeficiente intelectual pero un pésimo manejo emocional, es más que probable que fracase también académicamente, mientras que un niño con un CI más modesto pero emocionalmente inteligente, aumenta poderosamente su competencia en todos los ámbitos vitales, incluyendo el académico.


¿Cómo podemos favorecer este lenguaje con nuestros hijos?


Básicamente cambiando el paradigma educativo y de crianza: desechemos el modelo obsoleto e ineficaz del premio y el castigo, y apostemos por un modelo de crianza basado en la identificación de las emociones y su reconocimiento, educando en la empatía, ayudando a nuestros hijos a modularlas y convirtiendo el lenguaje emocional en lenguaje cotidiano.
El modelo premio-castigo es un modificador de conducta a corto plazo que sitúa siempre el estímulo fuera de nosotros. Este modelo nos convierte en sujetos siempre vulnerables al reconocimiento externo, a la opinión ajena, a satisfacer expectativas, a evitar la reprimenda. Actuamos movidos por los hilos que mueven otros.
Cuando educamos en un modelo regido por la empatía, por la coherencia y por el autoconocimiento estamos cimentando las bases de la cooperación y el desarrollo personal, que son las que dan sentido a este concepto tan manido y frivolizado que llamamos felicidad.

-El clima familiar no debe negar las emociones, sino reconocerlas y aceptarlas. Podemos sentir cualquier cosa, pero no actuar de cualquier forma. Es decir, soy libre de "odiar" a mi hermanito recién nacido, pero no puedo hacerle daño.
-Darle reconocimiento a una emoción negativa es canalizarla. Si no dejamos ese espacio, el niño la tratará de ocultar y más tarde aparecerá de alguna u otra forma con conductas que son destructivas o inadaptadas.
-La escucha activa es imprescindible. Se trata de estar presente sin juzgar. Intenta saber porqué lo hacen, qué emoción está detrás, que están intentando comunicar con ello. El juicio no nos aporta ningún tipo de aprendizaje. Además, no somos los jueces de nuestros hijos porque los niños son esencialmente buenos.
-Cada ser humano se expresa emocionalmente de forma diferente. Los niños no son distintos; algunos lo harán con un mayor nivel de actividad física, otros a través del llanto, otros mediante la palabra y otros con la necesidad de piel. El reconocimiento de su emoción, expresado de todas las formas que necesite, es básico para canalizar y dar lugar a lo que estén sintiendo.
-Tal y como hemos venido haciendo con absoluta naturalidad desde que nació diciéndole el nombre de las personas y de los objetos, también hay que ayudarle a "nombrar" la emoción, ya que identificar es el primer paso para reconocer qué es lo que siento. A partir de ahí, iremos aprendiendo poco a poco qué hacer con ello.

Desarrollar la capacidad empática
-Si soy capaz de identificar mis emociones, también soy capaz de saber qué sienten los demás. Y esto me convierte en un ser humano con una visión del mundo más cooperativa, más humilde y mucho más sabia.
Y una vez que el niño ha aprendido a identificar y nombrar lo que siente, podemos ayudarle a entender qué fue lo que le hizo sentir así y, si es negativo, irle dotando de herramientas de afrontamiento, de fuentes de resiliencia.

1- Sé honesto, contigo mismo y con tus hijos: comunica también tus emociones.
2- Usa el sentido del humor, es piedra angular en la educación emocional. Permite ver los problemas de forma más ajustada, reduce los niveles de tensión y estrés.

Estar presentes, escuchar activamente, acariciar, contener, dialogar, reír, negociar, expresarnos desde la honestidad y la humildad, jugar, entender que somos seres emocionales, que cada una de nuestras decisiones vitales han nacido de ahí, que sin pasión y emoción el mundo no se movería, que la maternidad y la paternidad son dones para vivir desde el disfrute y que no hay experiencia más inmensamente emocional que ser madre o padre.
Amar a nuestros hijos incondicionalmente y educarles emocionalmente son las claves que , garantizarán una vida plena y dotada de sentido.

Por Olga Carmona. Psicóloga clínica.Madre colaboradora del colegio Balder

 

 

 


 

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