La importancia del juego en el aprendizaje

La Neurociencia nos ha ido aportando extraordinarias conclusiones que nos ayudan a entender mejor los procesos de aprendizaje de nuestros alumnos y, en consecuencia, a enseñarles de una manera más motivadora y eficaz y acorde a sus necesidades. Hoy sabemos que la construcción del cerebro es gradual y que depende de factores genéticos pero también, en gran medida, de factores ambientales. En este proceso existen períodos sensibles, con elevada plasticidad neuronal, en los que es fundamental favorecer determinadas conexiones con el fin de crear la estructura básica necesaria para los aprendizajes posteriores y dentro de aquí se ha demostrado que el movimiento, las interacciones y las emociones influyen profundamente en el aprendizaje.

Por ello, desde la escuela, tenemos el reto de proponer entornos emocionales que predispongan a la acción y al aprendizaje. Es necesario estimular el cerebro desde diferentes vías, alejándonos de una educación tradicional, donde el alumno es un sujeto pasivo, para pasar a metodologías que tienen su base en el juego como la técnica de estimulación y aprendizaje más poderosa que existe.

Hasta hace no mucho, el juego no ha tenido la importancia y el valor que se merece. Socialmente se acepta la importancia del juego en la vida del niño, pero se sigue considerando que es una actividad que sirve solo para disfrutar. Desde aquí, queremos reivindicar que el juego es mucho más, para el niño es una necesidad vital, es su primer instrumento de aprendizaje, parte esencial de su desarrollo cognitivo y socio-emocional. Partimos de que jugar es una forma de usar la inteligencia en la que se combina el pensamiento, el lenguaje y la fantasía, es la forma natural de aprender del cerebro.


Los profesores tenemos que propiciar los medios para ayudar a que el niño tenga posibilidad de juego en la escuela, pero no solo juegos estructurados o semi-estructurados sino tiempos en los que esté presente el juego libre.


Desde el colegio Balder, trabajamos para lograr que el aula sea un espacio emocionalmente acogedor para cada niño, un lugar en el que sentirse seguro, querido y no juzgado, en donde existan vínculos afectivos positivos para, a partir de aquí, disponer diferentes ambientes de aprendizaje en los que se active el cuerpo y se lleven a cabo diversos juegos, dinámicas y actividades musicales y artísticas.
Tenemos que recordar que la docencia es un trabajo emocional. Tanto padres como profesores somos generadores constantes de emociones, generadores de un ambiente emocional positivo en el que cada uno de nuestros niños se sienta aceptado tal y como es y pueda dar lo mejor de sí mismo.